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Empecé dando masajes mi hija Sara y acabé desvirgándola

Cuando empecé a darle masajes a mi hija Sara eran totalmente inocentes, simplemente me gustó dar masajes de siempre y a mi hija le encantaba que lo hiciera. Con el tiempo llegué a perder el control y mis fantasías cada vez fueron más lejos…

Recuerdo con claridad cómo empezó todo y fue un día que mientras la masajeaba sufrí una erección. Sin querer rocé mi pene contra su muslo y noté cómo daba un salto, era obvio que se había dado cuenta y no sabía dónde meterme de la vergüenza que me dio.

Yo sabía que el sexo entre un padre y una hija era algo prohibido y por aquel entonces me resultaba asqueroso, pero he aprendido a dejarme llevar supongo que porque no me resigno a perder las increíbles relaciones sexuales que tengo con mi hija.

El caso es que un día escuché a Sara y a su amiga comentar que querían llegar vírgenes al matrimonio. Tenía la puerta de su habitación abierta y no pude evitar oírlas hablar. Tiene gracia que yo fuera el hombre que se encargaría de desvirgarla y no niego que me siento mal por ello, aunque ya no puedo dar marcha atrás…

Os voy a contar la primera vez que pensé en tener una relación sexual con mi hija para que entendáis un poco cómo alguien puede llegar a cometer incesto. A veces uno se ve “arrastrado” a cometer actos que jamás haría.

Mi mujer no estaba en casa y preparé la comida como otras muchas veces. Me senté en la mesa con mi hija Sara y recordé la conversación que había escuchado sobre que quería llegar virgen al matrimonio, algo que realmente me daba mucha rabia. ¿Qué sentido tenía perderse lo mejor de la vida?, ¿y si no encontraba novio hasta los 30 años?…

Sin pensarlo le dije:

– Mira Sara, sé que está mal, pero el otro día oí cómo le decías a tu amiga que querías llegar virgen al matrimonio y me parece una tontería.





– ¡Pero papá!, ¡no está bien escuchar detrás de la puerta!

– Lo siento mucho hija, pero es que estaba abierta y estábais hablando en voz alta

– ¡Qué vergüenza por favor!, ¿qué quieres decir con eso?

– Pues mira, tú eres una chica preciosa y aunque nunca hemos hablado sobre la sexualidad, creo que deberías vivirla y disfrutarla. Miles de chicos estarían encantados de que fueras su novia y por supuesto de tener relaciones contigo. ¡Será por hombres!.

– Pero es que yo creo en el matrimonio papá y no quiero entregarme al primer chico que llegue a mi vida. Siempre he pensado que mi primera vez tiene que ser bonita y sincera, así que no voy a cambiar de opinión.

– A ver hija, yo no quiero que cambies de opinión y siempre te apoyaré en todo lo que me pidas, pero hay muchas formas de disfrutar del sexo.

En ese momento me empecé a poner nervioso y no quise continuar con la conversación, así que me levanté y le dije: haz lo que quieras, es tu vida, tienes 20 años y nadie mejor que tú sabe lo que debes hacer.

Se quedó un poco sorprendida por mi reacción, pero… ¡estaba hablando de sexo con mi propia hija!.

A partir de ese momento a todas horas me rondaba la idea de que alguien complaciera sexualmente a mi Sara. Eran sentimientos encontrados porque por un lado estaba enfadado y por otro excitado. Quería lo mejor para mi hija y pensé que sólo yo podía proporcionárselo, pero claro, era su padre…

Los días pasaron y Sara me pidió que le diera un masaje en la espalda porque se le cargaba mucho llevando la mochila cuando iba a la universidad. Esta vez todo era diferente, iba a estar en braguitas tumbada en mi camilla de masajes y la verdad es que estaba muy confundido.

Busqué mil excusas para no darle aquel masaje, pero en el fondo me daba pena y ella en su ingenuidad era totalmente ajena a los pensamientos incestuosos de su padre. Finalmente acepté y le dije que le daría el masaje antes de que su madre llegase de trabajar, quizá inconscientemente porque ya sabía que iba a suceder algo…

A medida que se iba desnudando mi corazón se aceleraba brutalmente. Ya no la veía como mi hija, la veía como a cualquier chica jovencita que veo por la calle que “está buena” y me pone cachondo.

Quería que aquello terminase o que la tierra me tragase, pero era inevitable porque al fin y al cabo el único que había cambiado era yo. Cualquier reacción diferente o extraña mi hija no la entendería y eso era lo último que quería.

Primero se quitó el sujetador y me fijé en que tenía unos pechos incluso más grandes que los de mi mujer, aunque miré un par de segundos y aparté rápidamente la mirada. Después se quitó los leggins y… ¡qué casualidad!, era la primera vez que llevaba un tanguita puesto desde que le empecé a dar masajes.

¿Lo había hecho queriendo o mi mente me estaba jugando malas pasadas?. De verdad, fue una situación demasiado fuerte y por momentos hasta me mareaba porque quería evitar a toda costa aquello. Se tumbó en la camilla y me dijo: papi, por favor, sé delicado porque me duele mucho.

Con mucha delicadeza y suavidad empecé a masajearla mientras admiraba su cuerpo. En el fondo estaba orgulloso de mi hija porque era una chica estupenda, pero además era guapa y tenía literalmente un cuerpazo. Mientras ella suspiraba porque le encantaba cómo la masajeaba, de repente me dijo:

– ¿Sabes papi?, he estado pensando en lo que hablamos el otro día, ¿de verdad te parezco una chica guapa?.

Sentí como si alguien me diera una bofetada con la mano abierta porque ese era el último tema que me hubiera gustado hablar con Sara. Desde siempre me ha resultado imposible ocultar mis sentimientos y al final le confesaría que ella me gustaba. Me limité a contestarle que sí, que era la más guapa de todas sus amigas con diferencia, pero hubo una siguiente pregunta…

– Pero papi, ¿si yo no fuera tu hija podrías llegar a enamorarte de mi?

¿Qué se supone que debía contestarle?, ¿me estaba provocando o de nuevo eran imaginaciones mías?. La respuesta a todas esas dudas no tardó en llegar.

Mientras masajeaba sus glúteos de repente se giró y mirándome fijamente a los ojos me dijo: Papá, sé que te gusto y no digas nada porque lo tengo claro, pero quiero que sepas que tú a mi también. Me empezaron a temblar las manos y tenía la mente totalmente perturbada, pero el remate final fue cuando me dijo: haz conmigo lo que quieras papi, sé que estoy en buenas manos…

En un acto de locura le retiré el tanguita y empecé a masajear su clítoris, que sorprendentemente estaba muy duro. Hacía rato que estaba cachonda y yo no me había dado cuenta de nada. Ella me animó a que siguiera y en menos de dos minutos noté cómo tenía un orgasmo en mis dedos. Seguía mirándome directamente a los ojos mientras se corría y era tan bestia la situación que por momentos pensé que me daba un infarto.

Yo seguí dándole el masaje porque no sabía qué más hacer, entonces, se incorporó y me dijo: ahora quiero entregarte mi virginidad papá, creo que estoy preparada.

Ya era demasiado y estaba totalmente desbordado, pero… ¿quién era yo para no darle a mi hija lo que me estaba pidiendo?.

Se tumbó boca arriba en la camilla y vi con claridad que su coño estaba chorreando y abierto, por lo que su desvirgación no sería en absoluto traumática y mi pene entraría con facilidad dentro de ella. Así fue, introduje mi pene y rápidamente entró hasta el fondo. Ella dio un grito corto pero enseguida empezó a gemir, así que continué penetrándola cada vez con más fuerza.

La sábana no tardó en llenarse de sangre puesto que había roto su himen, pero era obvio que no le había dolido en absoluto. Cuando fui a eyacular ella, creo que por instinto más que por experiencia, me agarró como pidiendo que lo hiciera dentro. Era una locura, si, pero llegados a ese punto ya no me importaba nada. Juro por Dios que es la sensación más bestial que he tenido y que tendré jamás; yo desvirgando a mi hija y corriéndome dentro de ella.





Cuando terminé nos abrazamos y así estuvimos no sé cuánto tiempo, pero mucho. Era algo que ambos habíamos pensado por separado y que finalmente se hizo realidad.

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